
El coste de este método, el único que logra eliminar los dibujos cutáneos, es elevado porque en ocasiones es preciso combinar varios tipos de aparatos láser -erbio, rubí o alejandrita- para adaptarse a diferentes profundidades y cubrir la mayor parte de la gama cromática, con el fin de atacar los pigmentos que componen los grabados, algunos de los cuales, como el rojo son más difíciles de difuminar.
El proceso de eliminación con láser se puede prolongar durante meses, puesto que la energía que emite el rayo es absorbida por los colores, que se deben fragmentar en trozos minúsculos para que el organismo los asimile y elimine, de forma que el grabado vaya aclarándose gradualmente, aunque cabe el riesgo de que el paciente «no cicatrice bien» y quede una señal. Al terminar las sesiones, entre seis y ocho, cada una de quince minutos de duración y separadas entre sí por una semana como mínimo para un tatuaje de tamaño medio, el láser deja una pequeña costra o inflamación que desaparece en pocos días y, en caso de que la zona quede sonrosada o presente quemaduras, recuperará un aspecto normal con el tiempo.
Mucha gente opta por el «cover-up» o encubrimiento a fin de camuflar el tatuaje con otro dibujo, tarea que precisa de elevadas dosis de destreza y creatividad, a la que recurren, por ejemplo, hombres que buscan disimular el nombre de una ex novia escrito junto a un corazón.
Entre las personas que acuden a los centros sanitarios para quitarse tatuajes predominan los hombres que buscan deshacerse de un dibujo que se hicieron durante el servicio militar y los jóvenes que desean acceder a determinados puestos de trabajo en los que resultan incompatibles estos adornos, como guardas jurados, policías u oficinistas de banca.